lunes, 16 de diciembre de 2013

Psoriasis

La psoriasis es una alteración del sistema inmunológico que se manifiesta en la piel y en las articulaciones. Se trata de una enfermedad crónica inflamatoria con afectación sistémica, para la que de momento no existe curación definitiva. La enfermedad suele evolucionar a brotes, puede desaparecer durante meses o incluso años, y volver a aparecer en los mismos sitios del cuerpo o en otros, alternando períodos con más o menos lesiones con otros sin ellas. No es contagiosa, pero es hereditaria, ya que existe una predisposición genética a padecerla (uno de cada tres pacientes con psoriasis tiene algún familiar afectado), y multifactorial, porque puede ser desencadenada o exacerbada por diversos factores ambientales o el estrés.

Las lesiones más comunes y características de la psoriasis son las llamadas placas. Estas suelen ser lesiones redondeadas y eritematosas, la piel se enrojece con motivo de alguna inflamación, con más o menos escamas blanquecinas en su superficie que se desprenden con facilidad. Hay veces que la enfermedad, en lugar de escamas, se manifiesta con acúmulos de glóbulos blancos (leucocitos) que generan pus, lo que se conoce como pústulas. Otro de los síntomas de esta enfermedad es el fenómeno de Koebner, que se caracteriza por la aparición de lesiones propias de una determinada dermatosis en las zonas de presión o traumatismo. Un mismo paciente puede tener varias formas clínicas de psoriasis a lo largo de la vida, pero según la zona donde se localicen las lesiones se pueden distinguir distintos tipos de psoriasis.

Es una enfermedad autoinmune, se produce porque los linfocitos T, células que contiene la sangre para la defensa del cuerpo contra las infecciones, se activan indebidamente. Esta activación produce una vasodilatación, lo que se manifiesta con el típico color rojo de las lesiones y, por otro lado, desencadena un incremento de las células de la capa inferior de la epidermis, las encargadas de ir renovando la piel. Este proceso de recambio celular suele durar entre 28 y 30 días, pero en las personas con psoriasis se reduce a tres días, motivo por el cual aparecen las escamas blanquecinas y se produce una descamación exagerada.

La psoriasis es una enfermedad sistémica que puede desencadenar en otros problemas de salud. En los últimos años se ha demostrado que la psoriasis moderada o grave se asocia a otras amenazas como la dislipemia, diabetes e hipertensión arterial. Son una serie de comorbilidades que aumentan el riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares como la arteriosclerosis y, como consecuencia de ella, el infarto de miocardio. La patología más asociada a la psoriasis es la artritis psoriásica, una enfermedad que añade dolor, inflamación y dificultad de movimiento de las articulaciones.

Existen tratamientos muy efectivos que modulan el sistema inmunitario y que permiten controlar la enfermedad. El tratamiento siempre debe ser individualizado, según el patrón de presentación y la gravedad de los síntomas, y sin olvidar las circunstancias personales, socioeconómicas, laborales, psicológicas y familiares de cada paciente. La consulta de enfermería de atención primaria se basa en varios objetivos para cubrir las necesidades de salud del paciente con psoriasis:
  1. Conocer las necesidades de salud de una persona con psoriasis. 
  2. Proponer una valoración que asegure la revisión de los aspectos susceptibles de alterarse. 
  3. Completar y mejorar la calidad asistencial de estos pacientes, en atención primaria, a través del diseño de un Plan de Cuidados.
Una gran variedad de tratamientos han sido desarrollados con la finalidad de controlar y reducir los síntomas, pero la terapia tópica es sin duda el tratamiento de elección. En los casos en los que la enfermedad es severa o inestable se opta por una terapia más agresiva como el tratamiento sistémico o la fototerapia.

La finalidad de estos tratamientos es mejorar la calidad de vida del paciente con psoriasis, reduciendo principalmente los síntomas de picor, xerosis (sequedad de piel) y tirantez, a la vez que el número y duración de los brotes.

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Presentación slideshare sobre la psoriasis:

Amputación

La amputación es un procedimiento quirúrgico que comprende la extirpación de una extremidad/miembro (brazo o pierna) o parte de un miembro (como un dedo del pie, de la mano, un pie o una mano), en general como consecuencia de una lesión, enfermedad, infección o cirugía (para la extirpación de tumores de los huesos y músculos). En Estados Unidos, aproximadamente 1.8 millones de personas han tenido amputaciones. La amputación de la pierna es el tipo de procedimiento de amputación que se realiza con más frecuencia.

La causa más frecuente de amputación es una mala circulación. El estrechamiento y el daño a las arterias provoca la falta de circulación, esto se conoce también como enfermedad arterial periférica. Aproximadamente entre 8 y 12 millones de personas tienen enfermedad arterial periférica y el 75 por ciento no presenta síntomas. La enfermedad arterial periférica, que se presenta con mayor frecuencia en personas entre 50 y 75 años de edad, generalmente es consecuencia de la diabetes o de la aterosclerosis. Cuando los vasos sanguíneos se dañan y el flujo sanguíneo se deteriora en las extremidades, el tejido comienza a morir y puede infectarse.

La enfermedad arterial periférica avanzada generalmente se trata mediante otros métodos. No obstante, es posible que sea necesaria una amputación en algunas personas. La enfermedad vascular periférica con o sin diabetes es la indicación más común de amputación. Las causas relacionadas con la enfermedad vascular periférica constituyen hasta un 90 por ciento de todas las amputaciones.

Otras indicaciones de amputación incluyen una lesión traumática, como una quemadura grave o un accidente, o un tumor cancerígeno en una extremidad. Un traumatismo es una de las principales indicaciones de amputaciones en personas más jóvenes. También puede realizarse una amputación en caso de infecciones agudas o crónicas que no respondan a los antibióticos o desbridamiento quirúrgico. En algunos casos, es posible que se realice un procedimiento de amputación debido a un neuroma, congelación, u obstrucción arterial.

Los pacientes con diabetes, afecciones cardíacas, o infecciones presentan un mayor riesgo de tener complicaciones en una amputación que las personas que no presentan estas condiciones. Las lesiones traumáticas graves aumentan el riesgo de complicaciones. Además, es más probable que las personas a las cuales se les realiza una amputación por encima de la rodilla tengan un estado de salud deteriorado, con lo cual, estas cirugías pueden ser más riesgosas que las amputaciones por debajo de la rodilla.

Al igual que con cualquier procedimiento quirúrgico, pueden surgir complicaciones. Algunas complicaciones posibles que pueden presentarse específicamente con un procedimiento de amputación incluyen deformidad de la articulación, hematoma, infección, abertura de la herida, o necrosis. La trombosis venosa profunda y la embolia pulmonar constituyen un riesgo después de una amputación principalmente debido a la inmovilización prolongada después de la cirugía. Es posible que existan otros riesgos dependiendo de su estado de salud específico.

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RCP

Un corazón adulto late entre 60 y 100 veces por minuto, lo que se conoce como ‘ritmo sinusal normal’. Este patrón regular suministra sangre rica en oxígeno a todo el organismo y está controlado por los nódulos sinoauricular (SA) y auriculoventricular (AV). Los impulsos eléctricos salen del nódulo SA y llegan al nódulo AV. Con su acción combinada, estos nódulos mantienen el ritmo sinusal normal.

El paro cardíaco repentino es una condición que se puede tratar. Para definir el paro cardíaco repentino, es necesario comprender en qué se diferencia de un infarto. Un infarto se produce como consecuencia de la interrupción del flujo sanguíneo al corazón debido a un coágulo formado en una de las arterias coronarias. El paro cardíaco repentino se produce como consecuencia de un funcionamiento irregular del ritmo cardíaco. En lugar de bombear regularmente, el corazón comienza a vibrar de forma incontrolada interrumpiéndose la circulación sanguínea. Esta condición se conoce como fibrilación ventricular.

La muerte tendrá lugar a menos que se administre un tratamiento urgente. La resucitación cardiopulmonar (RCP) y la aplicación de una descarga eléctrica suministrada por un desfibrilador externo automático (DEA) son los únicos medios eficaces para el restablecimiento del ritmo sinusal normal del corazón. La probabilidad de supervivencia se reduce al 5% sin desfibrilación inmediata.

La víctima de paro cardíaco repentino pierde la consciencia de forma inmediata y se desmaya. No se detectan signos vitales:
  • no hay pulso regular
  • no hay respiración
Entre los factores de riesgo que pueden aumentar la probabilidad de padecer un paro cardíaco repentino se encuentran los siguientes:
  • Infarto previo
  • Coronariopatía
  • Antecedentes familiares de PCR
  • Cardiopatía congénita
  • Obesidad
  • Diabetes
Sin embargo, el 50% de las personas que sufren un paro cardíaco repentino afirman no haber experimentado previamente síntomas de insuficiencia cardíaca.

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RCP básica en tres pasos:


Clonación, ciencia y ética



Aunque han transcurrido apenas quince días desde que se publicó en la prestigiosa revista Cell que se había conseguido la clonación de embriones humanos por un equipo de la Universidad de Oregón, son ya muy numerosos los artículos dedicados a este tema, por lo que se podría pensar, posiblemente con razón, que poco hay que añadir a lo ya dicho. Sin embargo, nos parece que todavía puede ser útil algún comentario adicional.

Dos son los aspectos que creo merecen una reflexión con respecto a este trabajo: el técnico y el ético. Con respecto al aspecto técnico, biomédico, creo que sería injusto que por razones ideológicas, en este caso realizadas desde una Universidad Católica, se minusvalorase el avance científico que estas investigaciones suponen, pues clonar un embrión humano es un hito indudable y por supuesto no fácil, pues hasta ahora han sido bastantes los intentos realizados, pasando por los del coreano Woo Suk Hwang, que resultaron escandalosamente fraudulentos. Sin embargo, antes de Hwang ya se habían realizado otros y posteriormente alguno más, sin que al parecer lograran su objetivo. En los últimos años han sido cuatro los llevados a cabo con un cierto éxito, pues llegaron posiblemente a producir embriones humanos, pero en ninguno de ellos se consiguió derivar células madre embrionarias a partir de los embriones generados. Esto sí que lo ha logrado el equipo de Mitalipov, y además a partir de ellas han podido derivar células cardiacas, lo que indudablemente abre la posibilidad de que éstas puedan ser utilizadas en el campo de la medicina regenerativa y reparadora, sin duda la más apasionante posibilidad terapéutica que este siglo XXI en el que estamos nos ofrece. Pero ello, es algo que todavía está por demostrar.

Todo lo anterior avala que la investigación realizada por el equipo de Oregón tiene una indudable relevancia científica, que como tal hay que destacar, aunque indudablemente aún son muchos los pasos que hay que recorrer para que estas experiencias puedan encontrar su aplicación en la clínica humana.

Sin embargo, la evaluación de este avance científico quedaría incompleta si junto al comentario técnico no se añadiera también una reflexión ética.

A mi juicio, si algo hace al hombre esencialmente diferente al animal es que el hombre es un ser moral, es decir un ser que en el ejercicio de su libertad/responsabilidad debe responder de las consecuencias éticas de los actos que realiza. Los científicos, por humanos, no pueden quedar al margen de esta responsabilidad. Por ello, el trabajo de Mitalipov y su grupo ineludiblemente requiere una valoración ética.

Pero para hacerla hay en primer lugar que dejar establecida una realidad biológica que creo incuestionable. La vida de los seres de nuestra especie comienza con la fecundación. Pienso que de ello biológicamente no puede existir duda. Otra cosa es el estatuto jurídico, filosófico y ontológico, que a ese ser humano producido se le atribuya, lo que razonablemente puede estar sometido a debate. Pero que la vida humana comienza con la fecundación, la consiguiente producción del embrión humano de un sola célula, el cigoto, y la subsiguiente evolución ininterrumpida hasta alcanzar la fase del denominado blastocisto, el embrión de 60 a 200 células, parece incuestionable, y ello tanto cuando esa vida humana se produce por vía natural, como cuando lo es por fecundación in vitro, o por trasferencia nuclear a somática (clonación), como es el caso que nos ocupa.

Por tanto, terminar con la vida de un blastocisto humano creemos que no merece una valoración ética positiva, aunque ello pueda tener una posible finalidad experimental que se juzgue útil. El ser humano nunca puede ser producido para utilizarse como medio para conseguir algo, sino siempre como fin en beneficio propio. Y esto es lo que ocurre con los embriones producidos en las experiencias de clonación que estamos comentando, que son generados para ser destruidos, pues esto es indispensable para obtener las células madre embrionarias que en teoría podrían ser utilizadas, en un futuro más o menos próximo, con fines terapéuticos. Consecuentemente tener que destruir los embriones producidos es lo que condiciona un juicio ético, a nuestro juicio, negativo de las experiencias de Mitalipov y su grupo.

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La eutanasia ¿una profanación?

Médico y miembro, Asociación Derecho a Morir Dignamente (ADMD)

No hay duda de que, a día de hoy, el debate en torno a la dignidad en la muerte ha dejado de ser objeto exclusivo del círculo de juristas expertos en que se inició. Este debate tiene ahora lugar, casi cotidianamente, con normalidad y desde muy diferentes voces, en los medios de comunicación de masas. Ha quedado lejano el tiempo en que "la muerte digna" sólo encontraba eco en los medios al hilo de algún hecho noticiable, generalmente ligado a protagonistas que, en primera persona, reclamaban abiertamente el derecho a diseñar su propio final desde situaciones vitales que concitaban la compasión solidaria de la mayoría, aunque también -baste recordar los ataques a Ramón Sampedro- furibundas descalificaciones de los elementos más retrógrados de la derecha confesional. Hoy en día es común la difusión en radio y prensa, escrita o digital, de opiniones y posicionamientos públicos a favor de la libre disponibilidad de la propia vida y de las conductas eutanásicas.

A juzgar por el interés que muestran al respecto los directores de medios de comunicación, tal vez deberíamos empezar a considerar que el tabú en torno a la muerte tiene los días contados. Sin duda que en esta nueva actitud de los medios de comunicación sobre la muerte decidida por el sujeto y sobre las conductas eutanásicas, habrá influido el hecho, constatado por todas las encuestas al respecto, de que la inmensa mayoría de la población española, incluidos los médicos, están a favor de su reconocimiento legal.

Así las cosas; periodistas, médicos y sanitarios en general, al igual que filósofos del derecho, penalistas o bioéticos han hecho en los últimos tiempos aportaciones fundamentales al debate sobre la disponibilidad, dotando de argumentos sólidos a la reivindicación del derecho percibido por la ciudadanía.

En un paso adelante más, a tales voces, digamos que profesionalmente implicadas en la cuestión, se ha sumado recientemente otra valiosa aportación con la publicación por la editorial Endebate del libro La buena muerte de la profesora Adela Muñoz Páez. La autora, cuya dedicación profesional -la química inorgánica- la sitúa ante el problema como "una profana", según su propia expresión, recorre con lucidez los problemas relacionados con la muerte voluntaria, desde la confrontación de la ética y las disposiciones legales, hasta la descripción del proceso histórico de despenalización de la eutanasia en países de nuestro entorno y las personas y organizaciones que han hecho avanzar dicho proceso.

Quienes trabajamos para que la dignidad de la vida alcance también a la muerte, celebramos sin duda este nuevo libro que se une a recientes publicaciones en nuestro país, como la del profesor Marc Antoni Broggi en Anagrama o la dirigida por Luis Montes en Akal; todas ellas implicadas en la racionalización de un debate que, intencional e interesadamente, se persigue embrollar por quienes no están dispuestos a admitir que su argumento de la vida como un don sagrado e indisponible no es válido ya para el conjunto de una sociedad plural y libre.

A propósito de la edición de La buena muerte, su autora, Adela Muñoz, publicó recientemente un artículo homónimo en El Huffington Post en el que presentaba su obra como la "aproximación de una profana" a "algunos de los aspectos a debatir para llegar a una buena muerte". Aunque, según explica ella misma, utiliza el sustantivo "profana" en la acepción de persona "que carece de conocimientos y autoridad en una materia", hace una referencia también a las otras acepciones de profano/a: adjetivo con significado opuesto a "sagrado", es decir, "cosa puramente secular" o más aún, "que no muestra el respeto debido a las cosas sagradas" según dice el diccionario de la RAE. Sea o no fortuita esta referencia de la autora a lo no sagrado, lo cierto es que me ha suscitado una reflexión sobre lo que debe suponer para quienes han decidido durante siglos cuál era la verdad oficial, la verdad revelada y, como tal, absoluta, nuestro cuestionamiento del principio ético que para ellos sustenta el "no matarás" (en realidad y en el caso que nos ocupa: "no te matarás"). Su verdad consiste en que la vida es indisponible porque no nos pertenece. El mismo argumento por el que en la antigüedad grecolatina, el derecho prohibía el suicidio a los esclavos. En su moral teológica, la vida del otro es disponible sólo bajo determinadas circunstancias y siempre que dios lo quiera así. ¡Y, vaya si lo ha querido a lo largo de la historia!

Ciertamente, debe ser difícil renunciar a ser quien establece las normas morales de las sociedades cuando se está, como ellos, en posesión de la verdad verdadera. Se comprende que consideren el relativismo moral de nuestros tiempos la fuente de todos los males. Aunque, puestos a ser relativistas, a mí me parece que la causa, si no de todos al menos de muchísimos de los males que nos afectan, es precisamente el absolutismo moral que han practicado abiertamente durante siglos y disfrazado ahora, en el caso de la eutanasia o el suicidio asistido, con el peligro que para los más indefensos entraña la aceptación por las leyes de que cada uno es dueño de su vida. Aunque haya que recurrir al estrafalario argumento de que, como consecuencia de la ley de eutanasia, los ancianos belgas y holandeses se han visto obligados ¡pobres!- a emigrar a países limítrofes...

Desengáñese, profesora Muñoz, para quienes se empeñan en gobernar nuestras conciencias lo que usted defiende en su libro es profano no porque sea usted química; lo es porque no muestra respeto -no acata- la verdad sagrada.

No quiero terminar sin recordar parte de la sentencia condenatoria a Galileo: "La proposición de ser el Sol el centro del mundo e inmóvil en su sitio es absurda, filosóficamente falsa y formalmente herética, porque es precisamente contraria a las Sagradas Escrituras". Y, por si alguien está pensando que eso sólo era posible en el siglo XVII, le propongo esta otra perla: "Algunos confunden la dignidad de la muerte con el miedo al dolor. Jesús no tuvo cuidados paliativos pero su muerte fue absolutamente digna porque la miró cara a cara, con confianza, porque la aceptó con amor, porque la vivió descansando en los brazos del Padre Celestial". Estas son del arzobispo emérito de Pamplona, Fernando Sebastián, ya en el siglo XXI.

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jueves, 12 de diciembre de 2013

Enlaces a prácticas prezi

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